La verdad se encuentra en lo profundo de tu corazón

Nuestra honestidad nos hace valientes, nos hace auténticos, nos hace libres…y a los que nos rodean, también.

¿Cuál es mi verdad? Esa es la pregunta que nunca nos hacemos, tal vez porque la respuesta nos da miedo y buscarla supondría un viaje hacia nuestro interior del que ya no hay retorno y donde muchas de nuestras estructuras y formas de vida que creíamos que eran ciertas caerán de manera irremediable.

Recuerdo cuando yo me hice esa pregunta estando casada. Había noches que me venía una y otra vez a la cabeza y entonces mi cuerpo temblaba y una angustia me cogía todo mi pecho y mi estómago.

Miraba al que entonces era mi marido y me sentía fatal por hacerme esa pregunta y sentirme de aquella manera.

A mí me educaron para ser una buena esposa, una buena mujer que debía atender y cuidar de su hogar y de su pareja, que debía apoyarle siempre en sus sueños y en sus problemas, sin estorbar mucho para que él siempre se sintiera libre. Tenía que hacer bien ese rol, ser responsable y atender mis obligaciones como una buena esposa. Ser una especie de «madre» para el otro y no quejarme.

Si no me apetecía cocinar, limpiar o intimar en la cama, me sentía mal y muy culpable; no estaba siendo buena esposa.

Me educaron de manera que una buena esposa ama a su marido y  amar a tu marido es hacer muy bien ese rol. Si no le haces bien no estás amando y respondiendo de manera correcta a tus responsabilidades. Entones no eres buena esposa, ni buena mujer, ni buena persona.

Para sobrevivir a esa circunstancia aprendí a sumergirme bajo el agua y salir a coger aire cada vez que lo necesitaba. Me convencía de que todo estaba bien, de que tenía todo lo que necesitaba: un hogar, dinero, un buen hombre a mi lado, un trabajo, tiempo libre para mi…y en cierta forma, era cómodo.

Pero llega un momento en el que irremediablemente te paras porque lo que parece cómodo se vuelve incómodo si no está alineado con quién eres. En mi caso decidí parar yo. Había algo dentro de mí que sabía y sentía que todo no estaba bien como yo me decía.

Cuando hice esa parada me di cuenta de que yo en realidad no quería esa vida.

Con el miedo al lado comencé a escribirme mis verdades, a conectar con mi corazón y utilizar la honestidad por encima de todo, doliera lo que doliera.

Este movimiento nos cuesta hacerlo porque supone tomar decisiones y acciones que nos asustan y que nos sacan de lo conocido hasta entonces y sobre todo, nos sacará de nuestras estructuras más rígidas, aquellas para las que nos educaron, esas que nos dicen cómo debemos de ser aunque nos hagan eternamente infelices.

En mi honestidad me di cuenta de que yo lo que realmente deseaba era moverme, salir de allí porque no crecía ni personalmente ni espiritualmente. Que mi tiempo y mi papel allí ya había terminado y que era hora de hacer todo lo que mi corazón, mi alma me pedía.

En realidad yo no quería toda esa vida. Amaba mi trabajo, pero en un entorno de rutina, aburrimiento y distancia hasta el trabajo se ve afectado.

El amor es algo que surge, algo que se siente o no se siente. Pero nos han enseñado a provocarlo, a comportarnos como si amáramos, a hacer un rol que demuestre amor, en vez de dejar que nazca de manera natural y movernos desde ahí.

Nos llenamos de obligaciones y responsabilidades como demostración de amor, y el amor verdadero no hay que demostrarlo, sólo se vive desde la autenticidad de quienes somos, desde lo que en realidad queremos y deseamos en lo profundo de nuestro corazón.

Dejamos de escuchar a nuestro corazón y cambiamos su voz por las voces de nuestras estructuras. Nos separamos de nuestra sensibilidad porque no hay amor en realidad. Y tapamos el dolor que eso conlleva, y lo hacemos muy bien.

Yo lo hacía con pensamientos, con falsas sonrisas, con ejercicio, con paseos, con libros, con trabajo…lo único que me sacaba de esa falsa ilusión de vida era la meditación.

La meditación me hablaba de amor, del amor verdadero. Era la que me decía que parara y que observara todas esas estructuras, la que me invitaba a entrar en la verdad de mi corazón, en el dolor camuflado y en la voz de mi alma que me decía lo que quería realmente.

Mi alma deseaba hacer mi trabajo de otra manera, desde otro lugar más profundo. Desarrollar mi profesión a otros niveles. Me hablaba de ayudar a los demás pero abriendo mi corazón. Me susurraba sobre el compartir entre dos personas. Hacer equipo, mover entre las dos partes un proyecto de trabajo que nos apasionara de la misma manera. Apoyarnos y hablar el mismo idioma. Un amor verdadero que no ata, que deja libertad para ser quien cada uno es en esencia. Sin roles, sin obligaciones, sencillamente dejando que el amor surja instante tras instante. Un compartir desde y en libertad. Donde hablar de las experiencias, de los sentimientos, de los problemas y de las soluciones. Ese amor que quiere que crezcas y que brilles y donde quieres lo mismo para el otro.

Cuando me vi escribiendo esas palabras todo se hizo consciente en mí con mucha fuerza y ves que es el momento en el que tienes que elegir: o tú o los demás. Porque sabías que salir de ahí conllevaría dolor para más personas, para ti, para el otro…Sientes que abandonas, que fracasas, que estás haciendo mal y la culpabilidad se empieza a mover por tus venas.

No sabes de dónde saldrá la valentía, pero aún con todo ese miedo y esas sensaciones, comienzas a dar pasos. Sí, hay dolor, pero también sucede algo asombroso: las cosas empiezan a moverse de una manera increíble. Lo que creías que sería caos y destrucción se convierte en una liberación para todos.

Las reacciones de los demás no son tan exageradas como tu mente imaginaba. Devuelves a los otros su capacidad de sentir y de crecer. Les das la oportunidad de conocerse. Porque en esa crisis que genera tu movimiento, las demás partes se paran para vivir su propio dolor y comprender mejor las cosas. Comienzan también a hacer cambios, a cuestionarse cosas. Todo lo que les enseñaste durante esos años empiezan a aplicarlo cuando antes estando tú ahí no lo hacían.

Comprendí entonces que si yo me hablo con honestidad, escucho mi corazón, suelto las estructuras, me enfrento a mi oscuridad, dejo de sumergirme bajo el agua para aguantar el rol, me abro al dolor y a la verdad, empiezo a evolucionar y a conectar con mi alma, entonces todo lo de alrededor evoluciona y cambia conmigo. Lo que antes veía como un fracaso o un abandono, se convierte en algo necesario para mí y para los que están a mi alrededor.

Hoy me dan las gracias. Hoy, tanto mi ex marido como yo nos amamos de verdad porque nos hemos soltado, hemos crecido, hemos evolucionado cada uno en su camino que no eran los mismos. Y de esa forma nos hemos otorgado la oportunidad de ser felices, de encontrar a quien sí comparte camino, sueños y verdades con nosotros. Somos grandes amigos.

De esta experiencia saque un mensaje muy claro, para mí, para tod@s  y que lo hemos escuchado muchas veces, pero no hemos comprendido: LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

Con Amor;

Rebeca BenLuz

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