MATERIAL EXTRA CIERRE DE CICLOS 2022

MATERIAL GRATUITO EXTRA PARA TI POR HABER PARTICIPADO EN NUESTRO CIERRE DE CICLOS VITALES

Gracias, gracias, gracias por haber compartido con nosotros tu tiempo.

Qué te incluimos en este material gratuito y extra para ti:

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Invitación a nuestra clase online para el martes 25 de enero a las 7PM (España) o para el martes 1 de febrero a la misma hora.

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Experiencia Cierre de Ciclos Vitales

La libertad de ser tú

Somos adultos en pañales

Esta mañana, tras una larga conversación con una de las alumnas del curso nos reíamos de muchas de las reacciones infantiles que aún mantenemos en nuestra edad adulta.

Bien cierto es que cuando uno se para y se atreve a mirarse profundamente es capaz de darse cuenta del infantilismo que arrastramos y con el que nos comportamos los adultos en el día a día. Pero esta parada conlleva un golpe, un «zas» que parece difícil de creer cuando hasta ahora hemos estado presumiendo de madurez y criticando a otros por su niñería.

Nos creemos personas adultas, maduras y responsables, una ilusión que cae en picado en el momento en el que sientes que en tu vida algo no va bien. La madurez no debería conllevar sufrimiento, ni situaciones repetitivas, ni angustia, ni sensación de soledad, ni miedo, entre otras muchas cosas.

Algo que en esta sociedad se comparte es la idea de que uno es adulto porque ha experimentado mucho por su edad y eso le hace más sabio y experimentado. Más allá de la realidad, lo que llamamos sabiduría no viene por los años, sino por otras cuestiones mucho más importantes, principalmente por la consciencia, de la cual sabemos muy poquito ya que vivimos en un panorama social «adulto» bastante inconsciente.

Vivimos como niños que corretean de un lado para el otro, como pollos sin cabeza, asustados, ansiosos y hambrientos de amor, de comprensión y de atención, pidiendo auxilio, reclamando, exigiendo entre pataletas y cabezonería.

Nos adaptamos a lo que nos piden los demás para ser aceptados, como ese pequeño que hace el tonto porque a mamá y a papá les hace gracia y lo interpreta como una expresión de que le quieren. Si deja de hacer tonterías, deja de recibir amor, si hace demasiadas tonterías, también le retiran la atención. Y así nos vamos haciendo, temerosos del rechazo tiramos de nuestras antiguas estrategias infantiles y absurdas. Estrategias que sólo buscan aceptación y que cubren nuestros miedos más profundos, miedos de la niñez que aún actúan a través de nosotros en nuestro presente.

Si nos dicen «no», nuestra frustración estalla, nos sentimos heridos y rechazados. Si algo no sale como queremos, nos enfurecemos y pataleamos, creyendo que así conseguiremos lo que queremos, llegando incluso a enfadarnos con nosotros mismos. Si nos piden algo que no queremos hacer, lo hacemos, no sea que al otro le siente mal y nos deje de querer, cómo cuando a los cinco años ponías la mesa porque sino mamá se enfadaba, y a tus mayores nunca debes decirles que no…»Haz caso a tus mayores…» y de ahí no te has salido.

Arrastramos la culpabilidad, esa «herramienta» de manipulación que tanto han usado con nosotros para que fuéramos de esta o de aquella manera, para comportarnos así o asá y que aprendida con esmero, seguimos utilizando. Sí, aprendimos a utilizarla y hoy es nuestra forma de salirnos con la nuestra, haciendo sentirse culpables a los demás cuando no son como queremos que sean. En realidad, no la usamos sino que ella nos usa a nosotros porque a día de hoy no nos hemos parado a mirarla de frente, sobre todo cuando nos sentimos culpables.

Como niños, seguimos deseando lo de afuera. Todas las fuentes de amor, de comprensión, de atención, de importancia, de todo aquello que creemos necesitar las seguimos colocando afuera. Todas nuestras necesidades no cubiertas en la niñez, siguen aquí hoy con nosotros, y continuamos reaccionando como entonces ante la sensación de carencia de las mismas. Nada ha cambiado interiormente, nada a cambiado emocionalmente. Somos los mismos, no hemos crecido. Aún seguimos con las mismas heridas, las mismas necesidades, las mismas carencias y las mismas reacciones infantiles, ignorantes de donde se encuentra la verdadera fuente que puede llenarnos ilimitadamente.

Aún responsabilizamos al otro de darnos lo que no sabemos darnos, aún buscamos afuera lo que no paramos a encontrar dentro. Somos muy vagos, como los niños. Somos rebeldes con nosotros mismos, como el adolescente que no quiere crecer, y así seguimos inconscientes viviendo la misma vida una y otra vez. Más inteligentes pero menos sabios. Con más responsabilidades externas, pero a manos de un adulto emocionalmente inmaduro que no sabe atenderse a él primero.

Revisar y reconocer todo esto en nosotros nos ayuda a crecer y salir del infantilismo inconsciente. Nos empuja a nuestra fuente esencial, aquella que nos da todo lo que necesitamos, incluida la sabiduría.  Este proceso nos transforma y sentimos la plenitud que no alcanzábamos, digna de una vida madura, consciente y adulta.

No, la madurez no la dan los años, la da la Conciencia. Mientras tanto, el mundo seguirá lleno de adultos en pañales.

 

Con amor;

Rebeca BenLuz